Camarógrafo argentino filmó su propio asesinato durante el Tanquetazo de 1973 en Santiago
Leonardo Henrichsen, camarógrafo argentino de la SVT sueca, fue asesinado por un soldado mientras filmaba el intento de golpe del 29 de junio de 1973 en Chile.

El argentino que no bajó la cámara
Según infobae.com, la mañana del 29 de junio de 1973 el camarógrafo argentino Leonardo Henrichsen salió corriendo del Hotel Crillón, en el centro de Santiago de Chile, cámara en mano, hacia el ruido de los tanques. Pocas horas después, su propia cámara registraría el momento en que un soldado le disparaba.
Henrichsen tenía 33 años, tres hijos y catorce golpes de Estado cubiertos a lo largo de su carrera. Había nacido en Buenos Aires en 1940, hijo de un sueco y de una argentina con ascendencia inglesa. Se formó en Sucesos Argentinos, el primer noticiero cinematográfico del país, junto al fotoperiodista Tadeo Bortnowski, veterano corresponsal de la Segunda Guerra Mundial. Luego trabajó en Canal 7, cubrió el golpe contra Juan Bosch en República Dominicana en 1963 y el Cordobazo en 1969 con tanta precisión que la televisión pública sueca SVT lo contrató.
Llegó a Santiago en 1972 para cubrir el paro de camioneros que había puesto en jaque al gobierno de Salvador Allende. Se quedó porque el ambiente político hacía evidente que algo más grave estaba por ocurrir.
Chile al borde del abismo
Allende era presidente desde noviembre de 1970. Su programa socialista —nacionalización del cobre, reforma agraria, estatización de sectores clave— había generado una respuesta sistemática desde Washington. El gobierno de Richard Nixon trabajó primero para impedir su llegada al poder y, cuando eso falló, para desestabilizarlo desde dentro. La inflación crecía, el desabastecimiento se agudizaba y la polarización política era total.
Dentro del Ejército esa polarización era especialmente intensa. Por un lado, los sectores institucionalistas sostenían al gobierno democrático. Por otro, crecían los grupos que empujaban un golpe de Estado inminente, con el respaldo del movimiento de extrema derecha Patria y Libertad, que llevaba meses perpetrando sabotajes en distintos puntos del país.
El teniente coronel Roberto Souper, jefe del Regimiento Blindado número 2, decidió actuar. La mañana del 29 de junio movilizó unos ochenta hombres y una veintena de vehículos —camiones, tanquetas y tanques M41 Walker Bulldog— hacia el Palacio de La Moneda y el Ministerio de Defensa. Allende, que estaba en la sede de gobierno, llamó por radio a la ciudadanía y al Ejército leal. El general Carlos Prats marchó con tropas para sofocar la rebelión y el Tanquetazo fracasó en pocas horas. Souper y sus hombres se refugiaron en la embajada de Ecuador.
Ese día murieron veintidós civiles. Uno de ellos era Henrichsen. El propio Augusto Pinochet, que según los registros históricos jugó un doble partido —apañando la rebelión mientras se presentaba ante Allende como parte de las tropas leales— salió ileso políticamente. Tres meses después encabezaría el golpe de Estado del 11 de septiembre.
La imagen final
Henrichsen y su compañero, el cronista Jan Sandquist, caminaron desde el hotel hacia La Moneda. En la esquina de Agustinas y Morandé, a una cuadra de la sede presidencial, se encontraron con una patrulla militar. Henrichsen levantó la cámara y empezó a filmar.
Lo que registró en los minutos siguientes es una de las imágenes más perturbadoras del periodismo del siglo XX. La cámara muestra a la multitud huyendo hacia el lente, algunos levantando el puño. Muestra la llegada de un camión de soldados que frena bruscamente. Muestra al suboficial al mando apuntando con su pistola a un civil caído en la calle.
Y entonces el suboficial vio a Henrichsen. Vio la cámara. Gritó una orden. Apuntó.
Henrichsen no bajó la cámara.
"¡No disparen, ¿no ven que somos periodistas?!", alcanzó a gritar. El primer disparo erró. El segundo, también. El tercero, disparado desde la caja del camión por el cabo segundo Héctor Hernán Bustamante Gómez, no.
La cámara cayó cuando cayó Henrichsen. Pero siguió filmando. Desde el suelo, apuntando al cielo, registró los últimos segundos de vida del hombre que acababa de captar su propio homicidio.
Sandquist corrió hacia él y le sostuvo la cabeza. "Jan, me muero", alcanzó a decirle Henrichsen. Esas fueron sus últimas palabras. Uno de los soldados se acercó, agarró la cámara y arrancó uno de los dos rollos para velarlo. El otro quedó intacto.
El rescate del material
Existen varias versiones sobre cómo se salvó el metraje. Una sostiene que un vecino llamado Eduardo Labarca vio a los militares arrojar la cámara a una alcantarilla y destruir por error un rollo virgen. A la noche fue a buscarla y la mandó a Buenos Aires. Según otra versión, recogida por el cineasta Andrés Habbeger en su documental Imagen Final, la cámara fue rescatada por la guardia personal de Allende, llegó al Palacio de La Moneda y el propio presidente intervino para entregarla a Chile Films, que contaba con mejores equipos para revelarla.
Lo que no está en disputa es el resultado: las imágenes sobrevivieron. Las últimas tomas de Henrichsen —la multitud en fuga, el suboficial que apunta, el cielo de Santiago— se convirtieron en un documento histórico y en un símbolo del precio que pagan los periodistas que no bajan la cámara.
Source: Google News CL — Crime