La prostitución 'indoor' se triplica en Madrid: más de 2.000 pisos-prostíbulos operan en la región
Las redes de trata se han trasladado masivamente a viviendas privadas. ABC documenta cómo la cifra casi triplica los 800 inmuebles registrados hace tres años.

Más de 2.000 pisos-prostíbulos en Madrid, el triple que hace tres años
Los números 127 y 133 del paseo de las Delicias, en el distrito de Arganzuela, concentran durante años lo que las asociaciones de apoyo a víctimas describen como prostíbulos verticales: edificios dedicados casi en su totalidad a la trata de mujeres con fines sexuales, desarticulados en repetidas ocasiones por la Policía Nacional y vueltos a ocupar poco después. Según ABC, esa imagen se replica hoy en más de 2.000 pisos repartidos por la región de Madrid.
La cifra casi triplica los 800 inmuebles que el mismo medio documentó hace tres años y medio. Las asociaciones consultadas advierten, además, de que el dato real podría ser aún mayor: la movilidad de las mafias dificulta cualquier mapeo sistemático, y el auge de los pisos de alquiler turístico ha facilitado nuevos espacios de operación. Las bandas apenas necesitan acreditarse para arrendar una vivienda, y los propietarios, en muchos casos, no exigen explicaciones a cambio del pago.
Del polígono Marconi a las viviendas privadas
La Unidad contra las Redes de Inmigración y Falsedad (Ucrif) de Madrid, que cumplió 25 años en abril, lleva años documentando el desplazamiento. Las operaciones policiales contra la prostitución callejera en zonas como el polígono Marconi, en Villaverde —donde llegaron a ejercer 200 mujeres—, la calle Montera, la Gran Vía o la Casa de Campo han reducido de forma visible la presencia en la vía pública. La prostitución callejera apenas se deja ver hoy en la capital.
El traslado al interior de viviendas no es casual. El domicilio está protegido por la inviolabilidad constitucional, lo que obliga a investigaciones prolongadas y bien documentadas antes de que un juzgado autorice una orden de entrada y registro. A eso se suma la dificultad de obtener denuncias de las propias víctimas, un paso que en muchos casos resulta imprescindible para avanzar en la investigación.
En las últimas semanas, la Ucrif desarticuló el llamado Edén de Anita, un burdel que, según la unidad, rifaba a mujeres entre clientes y ofrecía servicios sexuales a electricistas y operarios a cambio de no cobrar reformas en el local.
«No luchamos contra los inmigrantes, sino contra las mafias»
La Brigada Provincial de Extranjería y Fronteras cuenta con 400 efectivos, y los servicios centrales suman cerca de un millar más. La Ucrif, creada el 27 de abril de 2001, organiza su sección de trata en cuatro grupos operativos según la procedencia de los implicados: redes de Asia, de Europa, de Sudamérica y de África, cada una con su propio modus operandi.
«España es un país que es puerta para otros, sobre todo de gente que llega de África e Hispanoamérica, y se hicieron necesarias unidades especializadas», explica el inspector jefe de la Sección de Trata, Víctor de las Heras. «No luchamos contra los inmigrantes, sino contra las mafias», subraya.
De las Heras describe también el enfoque con las potenciales víctimas: «La mitad del personal es femenino y trabajamos con una sensibilidad especial. Ante una potencial víctima de trata, somos el coco. Generamos cierto miedo, porque creen que las vamos a expulsar. Por eso trabajamos de paisano, hay que romper barreras».
En ese proceso, entidades como Apramp desempeñan un papel central, ofreciendo salidas laborales, habitacionales, jurídicas y sanitarias a las mujeres rescatadas.
Veinticinco años de cambios en las redes criminales
En el cuarto de siglo transcurrido desde la creación de la Ucrif, las estructuras del crimen organizado vinculado a la trata han cambiado de forma significativa. La figura del proxeneta violento al frente de grandes organizaciones —como el conocido como Cabeza de Cerdo, considerado en su momento el mayor proxeneta de Europa y hoy en prisión— ha dado paso a formatos menos visibles: plataformas como OnlyFans, los eufemismos de «escorts» o «chicas de imagen» en discotecas, y las transacciones económicas encubiertas bajo la apariencia de relaciones públicas.
Los clubes tradicionales también han mutado. «Nosotros entramos en si la mujer favorece que un señor se tome una copa y ella se lleva un importe o le tiene que dar una parte al empresario», explica De las Heras. Muchos de esos locales han cerrado y reconvertido su actividad: alquilan pisos, instalan una barra donde sirven copas y, según la unidad, en algunos casos también se vende droga.
En cuanto a los métodos de control sobre las víctimas, el perfil del llamado loverboy rumano —el novio que somete a su propia pareja a la explotación— sigue activo. El uso del vudú para extorsionar a mujeres nigerianas, en cambio, ha desaparecido desde que un líder espiritual africano prohibió su utilización con ese fin.
Source: ABC