Secuestro de ómnibus en Montevideo expone fallas graves en la Policía uruguaya
Hinchas del Club Cerro tomaron un ómnibus por la fuerza durante más de 40 minutos sin respuesta policial. El hecho reabre el debate sobre la crisis operativa de la Policía Nacional.

Impunidad en movimiento: el secuestro de un ómnibus que la Policía no pudo frenar
El domingo 9 de agosto, hinchas del Club Cerro de Montevideo secuestraron a punta de pistola un ómnibus de transporte público de la línea 306, operado por UCOT, y lo condujeron durante más de 40 minutos a través de avenidas principales de la capital sin que ninguna autoridad interviniera. Según recoge elecodigital.com.uy en una columna firmada por Fernando Gil Díaz, el episodio no fue una anomalía aislada, sino la expresión más reciente de un patrón de ausencia institucional que se acumula desde hace años.
El chofer fue obligado a circular sin paradas, pasando semáforos en rojo, escoltado por dos motocicletas adelante y un automóvil que cerraba la marcha por detrás. El convoy llegó hasta el intercambiador Belloni, donde los hinchas descendieron y se dirigieron sin obstáculos al estadio de Danubio.
Sin Policía, sin tránsito, sin respuesta al 911
La ausencia no fue exclusiva de la Policía. El Centro de Movilidad de la Intendencia de Montevideo, que dispone de su propio circuito de cámaras, tampoco detectó el cúmulo de infracciones que cometía el vehículo en tiempo real. Los inspectores de tránsito municipales tampoco actuaron.
La llamada al 911 tampoco produjo resultado. El largador de la empresa había sido alertado de la situación irregular que vivía su conductor, pero ningún despliegue operativo llegó a materializarse. Según Gil Díaz, quien afirma haber pasado una década en la cartera del Interior y conocer los procedimientos aplicables a situaciones de ese tipo, la inacción resulta inexplicable: no solo durante los más de 40 minutos que duró el trayecto, sino durante todo el tiempo que insumió el partido de fútbol que le siguió, lapso más que suficiente para realizar alguna intervención.
Un antecedente que no fue excepción
El columnista traza una línea directa entre este episodio y un incidente previo en el estadio Campeón del Siglo, durante un partido entre Peñarol y Cerro. En esa ocasión, unos 200 hinchas del cuadro visitante destrozaron instalaciones de la tribuna y arrojaron fragmentos de loza obtenidos de los baños vandalizados. Una mujer resultó herida en la cabeza con lesiones que pudieron haber sido fatales. La respuesta policial, describe Gil Díaz, no solo no mereció reconocimiento: los hinchas fueron dejados salir antes que la hinchada local, sin ser retenidos ni puestos a disposición de la Fiscalía.
En el caso del ómnibus, los involucrados eran bastante menos —no más de 50, estima el autor— pero lograron el mismo resultado: impunidad total. Los pasajeros del vehículo, ajenos al conflicto, también fueron víctimas del episodio.
La "zona liberada" como hipótesis
Gil Díaz no descarta que exista una mano negra detrás de estos hechos. La reiteración de patrones, la presencia de protagonistas que se repiten y el fútbol como denominador común le resultan llamativos, en particular en un contexto de cambios en la cúpula de la Jefatura de Policía de Montevideo, la jurisdicción más grande de la Policía Nacional.
El cuadro general que traza el columnista incluye cámaras que no se monitorean en tiempo real, escasez de patrullaje nocturno, homicidios en curva ascendente y una atención deficiente al reclamo ciudadano. Atribuye el origen de esta situación a decisiones de gestión de la administración anterior a la de Eduardo Bonomi —que, según su relato, desmanteló un proceso de profesionalización policial, precarizó recursos y colocó en posiciones de conducción a funcionarios que habían sido desplazados precisamente durante la administración Bonomi.
El legado que no se puede consultar
Gil Díaz dedica un tramo de su análisis a señalar que hoy resulta imposible acceder al portal histórico de información que construyó la administración Bonomi en el Ministerio del Interior. Ese acervo, que describe como prueba irrefutable de la gestión realizada, no está disponible. Para el columnista, eso no es un dato menor: quienes sucedieron a Bonomi edificaron sobre esos cimientos, sostiene, aunque no lo reconozcan.
La cita que atribuye al exjefe policial Julio Guarteche sintetiza la paradoja: los mejores procedimientos y resultados pueden quedar anulados por una sola mala actuación.
Corrupción como variable
El texto no evita la palabra corrupción. Gil Díaz reconoce la existencia de policías comprometidos y profesionales —muchos de los cuales dice conocer personalmente—, pero advierte que la corrupción funciona como un flagelo que se expande y mina a las organizaciones desde adentro. Afirma que hubo una administración que combatió ese problema de frente, y que hoy esa lucha parece sepultada.
El columnista cierra con una advertencia sobre el clima institucional: si durante cinco años se dejó de monitorear las cámaras en tiempo real, recuperar esa capacidad operativa no es automático. Los flancos que eso deja abiertos, concluye, son los que permiten que la impunidad se instale en una sociedad que todavía se resiste a aceptar el diagnóstico de Estado fallido.
Source: Google News UY — Crime