Diez años casada con un impostor: su marido no era policía y le vació las cuentas
Patricia vivió una década junto a un hombre que fingía ser policía nacional mientras la desplumaba económicamente. El País reconstruye el caso.

El marido que nunca existió: una década de engaño, deudas y doble vida
Jose Pardeiro estaba al volante cuando sonó su teléfono. Era un amigo. Le avisó de que había ocurrido "algo", con la voz tensa. Detuvo el coche en el arcén. "Que Rafa no es Rafa", le dijeron. Rafa, su amigo de casi diez años. El marido de Patricia, su amiga de la infancia, con quien cenaba o iba al cine casi todas las semanas. El policía nacional. Rafa sí se llamaba Rafael, pero ahí terminaba la verdad.
Según El País, Patricia —nombre ficticio que pidió para no ser identificada— teme que, una vez derrumbado el castillo de naipes, la etiqueta de estafada cargue con su propio estigma: una cadena perpetua de preguntas. "¿Cómo no te diste cuenta?". "¿Nunca viste el uniforme de policía de tu marido?". "A ver cómo explicas que has vivido diez años una mentira y que no piensen que eres gilipollas", dice.
Junto a ella, los 22 folios de la primera denuncia que presentó cuando "descubrió el pastel". Con Jose, su amigo y desde entonces abogado, trató de recopilar una década de mentiras elaboradas, deudas y falsificaciones. Rafa la dejó sin tarjetas, sin dinero y cargada de deudas. También con una placa falsa de policía que —entonces lo supo— nunca se había parado a examinar. Casada con un hombre que no era quien decía ser, y al que no podía denunciar: dentro del matrimonio no existe el delito de estafa, según el artículo 268 del Código Penal.
Una relación construida sobre mentiras desde el primer día
Se conocieron en una aplicación de citas en 2010. Él decía vivir en Cádiz y ser de Ubrique. Rafa tenía 27 años; Patricia, 29. La relación avanzó deprisa: a los pocos meses quiso mudarse a Madrid con ella, alegando una oportunidad de cambiar de comisaría. Urgencia fabricada que, como tantas otras cosas, cobró sentido mucho después. Decía haber empezado a trabajar en la comisaría de Pozuelo de Alarcón, en la Unidad de Drogas y Crimen Organizado (Udyco), razón por la que no llevaba uniforme. Hablaba de sus compañeros, enviaba fotos en lo que parecían dependencias policiales. Conoció a la familia y amigos de Ubrique, y a ellos también les relataba anécdotas de su rutina policial.
En la cuenta bancaria común que abrieron, todos los meses llegaba un ingreso con el concepto "nómina Ministerio del Interior". Ese fue el primer punto que hoy atormenta a Patricia: "Pusimos la misma clave en la cuenta para los dos, la que necesitas para hacer cualquier operación". Cuando ella empezó a tener problemas de acceso, él le enviaba capturas de supuestas conversaciones con el banco confirmando que todo estaba en orden y que era un simple error. Pasó entonces a encargarse de las finanzas de la pareja: siempre tenía más tiempo libre. Sus amigos se convirtieron también en los de Rafa. Se casaron en 2014. La comidilla fue que el grupo de la novia era mucho más numeroso que el del novio, apenas cuatro personas, ninguna policía. "Decía que quería separar el trabajo y su vida personal, porque tenía mucha gente a su cargo", recuerda Patricia.
Peluquería, contabilidad y la primera grieta
Ya como matrimonio, Patricia montó una peluquería con una socia y Rafa asumió la contabilidad del negocio. En la superficie todo parecía marchar, pero empezaron a aflorar señales: dinero en efectivo que desaparecía, reclamaciones de un alquiler pasado. Cuando le confrontaba, él volvía la situación en su contra y acababa llorando: la culpa era de una exnovia "loca"; no se lo había dicho para no preocuparla.
Le compraron un coche a los padres de Patricia, que él prometió pagar mes a mes. Por casualidad, ella encontró en una libreta de su madre que prácticamente no habían recibido nada. Otro error, dijo Rafa. Lo había anotado mal. Resolvió la situación hablando con su suegra y enviando a Patricia una captura de la conversación por WhatsApp. Para entonces ya había cambiado de móvil a uno con doble tarjeta SIM, lo que le permitía falsificar esa y cientos de conversaciones más durante años. "Me mandaba las capturas, pero nunca me dejaba verlas en su teléfono", cuenta ella. La dueña del local de la peluquería también reclamó meses de alquiler impagados. Misma fórmula: él se encargaba, llegaba un pantallazo, y el asunto desaparecía.
Las piezas que no cuadraban
Hay decenas de episodios que Patricia fue acumulando sin comprender que el camino llevaba a un precipicio. Un día Rafa apareció con un coche idéntico al suyo, pero sin la pegatina de la ruta 66 en el maletero. Cuando ella le acorraló porque las matrículas no coincidían, él inventó un rocambolesco trueque con el concesionario. Solo mucho después, en el juicio, supo que había falsificado su firma y la de su madre para venderlo y quedarse con el dinero.
"Un mentiroso se esfuerza en ser verosímil: como lo que contaba no lo era, debía ser cierto", escribe Emmanuel Carrère en El adversario, la crónica sobre Jean-Claude Romand, quien también mantuvo una doble vida durante décadas.
"Por entonces pensaba que era un irresponsable y un cobarde, que encima me hacía luz de gas para convencerme de que era culpa mía", reconoce Patricia. Llegaron incluso a acudir a terapia de pareja para tratar la "falta de confianza" de ella. Él monopolizaba las sesiones. Fue la psicóloga quien pidió una individual a Patricia y cambió el rumbo: "Yo iba convencida de que estaba loca, y al contarle todo me dijo que tenía que descubrir lo que estaba pasando, que me había acostumbrado a vivir en el miedo".
El entorno que callaba y la caída final
El círculo de amistades fue cómplice involuntario de buena parte de las ficciones. Con los años veían cosas de Rafa que no cuadraban, pero eran piezas sueltas y nadie quería entrometerse. Hasta el verano de 2019, cuando un amigo de Patricia, policía municipal que llevaba tiempo con sospechas, lo dijo sin rodeos: en la comisaría a la que Rafa afirmaba haberse trasladado no existía ninguna brigada de la Udyco.
Fue entonces cuando Jose recibió aquella llamada al volante. Y cuando Patricia comenzó a poner nombre a diez años de mentiras, deudas y manipulación sistemática junto a un hombre que nunca fue quien decía ser.
Source: El País