Masacre de Puerto Hurraco: 36 años de la matanza de nueve personas a 202 cartuchos

En agosto de 1990, los hermanos Izquierdo abrieron fuego en una pedanía de Badajoz y mataron a nueve personas, entre ellas dos niñas. Tres décadas después, el pueblo aún carga con aquella sombra.

Masacre de Puerto Hurraco: 36 años de la matanza de nueve personas a 202 cartuchos

Treinta y seis años de la matanza de Puerto Hurraco: 202 cartuchos, nueve muertos y un odio cultivado durante décadas

Eran las 22.00 horas del 26 de agosto de 1990 cuando Antonio y Emilio Izquierdo llegaron a Puerto Hurraco, una pequeña pedanía pacense de apenas un centenar de habitantes. Habían salido de casa con el pretexto de «cazar tórtolas». Según recoge ABC, los vecinos que esa noche tomaban el fresco cerca de la casa de la familia Cabanillas nunca pudieron imaginar lo que estaba a punto de ocurrir.

Los dos hermanos cargaban con armas y munición para 202 cartuchos. Un único objetivo: causar el máximo daño posible a una familia y a un pueblo al que odiaban. Abrieron fuego sin distinción y acabaron con la vida de nueve personas, entre ellas dos hermanas de 13 y 14 años, Encarnación y Antonia Cabanillas. Horas después fueron detenidos mientras descansaban bajo un árbol en el monte. No mostraron remordimiento alguno. «Yo ya he vengado la muerte de mi madre. Ahora que sufra el pueblo», declaró Antonio Izquierdo al agente que lo detuvo.

Un conflicto de tierras que se convirtió en sed de sangre

El origen de la tragedia se remonta décadas atrás. El criminólogo Enrique Díez de Baldeón sitúa el caso dentro de un patrón habitual en entornos rurales, donde los conflictos económicos y las disputas por lindes alimentan durante años «viejas rencillas nunca superadas» que derivan en un «patológico y visceral deseo de venganza».

En Puerto Hurraco, el detonante fue el rechazo de Amadeo Cabanillas a casarse con Luciana Izquierdo. Su hermano Jerónimo no lo aceptó y acabó apuñalando hasta la muerte a Amadeo en 1967. La herida no cicatrizó. En 1984, un incendio en la casa de los Izquierdo se cobró la vida de Isabel, la matriarca de la familia. La autoría del fuego nunca se determinó judicialmente, pero los Izquierdo siempre culparon a los Cabanillas. Dos años después, en 1986, Jerónimo, recién salido de la cárcel, intentó asesinar a Antonio Cabanillas, que sobrevivió con varias puñaladas. Jerónimo ingresó entonces en un centro psiquiátrico, donde murió.

El odio, lejos de atenuarse, fue creciendo. Hasta el verano de 1990.

«Una vorágine de violencia incontrolable»

Antonio y Emilio se armaron hasta los dientes y se presentaron en el pueblo. Los primeros disparos fueron a bocajarro contra las dos hermanas Cabanillas, de 13 y 14 años. La «venganza» no se limitó a quienes habían protagonizado las antiguas disputas: abarcó a todo el que se cruzó en su camino. Díez de Baldeón lo describe como «una vorágine de violencia incontrolable entre víctimas y verdugos» y «una de las páginas más negras de la España profunda». En su análisis, el criminólogo apunta que en Puerto Hurraco «la tierra, las lindes y el odio entre familias» terminaron formando un cóctel sangriento y explosivo.

Condenas, muertes en prisión y absueltas

Los hermanos Izquierdo fueron condenados a largas penas de prisión. Emilio murió entre rejas en 2006; Antonio se suicidó en 2010. Sus hermanas Luciana y Ángela, señaladas durante el proceso como posibles instigadoras, fueron absueltas, aunque permanecieron durante años internadas en el hospital psiquiátrico de Mérida. Las dos fallecieron en 2005.

En el juicio, Emilio no manifestó arrepentimiento. Afirmó que Puerto Hurraco «era un pueblo malo» y que «al fin, madre está vengada». Antonio había sido igualmente explícito ante los agentes que lo arrestaron. Guillermo Fernández Vara, expresidente de la Junta de Extremadura y forense a cargo del caso —fallecido el año pasado—, siempre transmitió la misma conclusión sobre los autores: «Eran conscientes de las consecuencias».

El silencio como mecanismo de defensa

Puerto Hurraco nunca pudo desprenderse del todo de aquella etiqueta. El pueblo optó por el silencio, una actitud que se mantiene hasta hoy. Según Díez de Baldeón, ese mutismo colectivo no contribuyó al olvido, sino que se convirtió en «un mecanismo de autoprotección y hermetismo» frente a un trauma que dejó «insondables consecuencias». El criminólogo relaciona esta respuesta con la «amnesia disociativa o amnesia psicógena», una reacción documentada en comunidades que han sufrido episodios de violencia extrema.

Treinta y seis años después de aquella noche de agosto, la sombra de los 202 cartuchos sigue proyectándose sobre la pequeña pedanía pacense.

Source: ABC

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