Diez años sin perdón: el asesino de la bebé Alicia en Vitoria sigue en silencio
Se cumple una década del asesinato de Alicia, de 17 meses, arrojada por una ventana en Vitoria. Su madre, Gabriela, no ha recibido ninguna disculpa del condenado.

Una década sin perdón por el asesinato de la bebé Alicia en Vitoria
La madrugada del 25 de enero de 2016, Gabriela, una joven burgalesa de 19 años, vio morir a su hija Alicia, de apenas 17 meses, en Vitoria. El responsable fue Daniel Montaño, un profesor de música sevillano con quien había iniciado una relación a través de una web de contactos. Según informa Ideal, diez años después del crimen, el condenado no se ha dirigido a ella en ningún momento para pedir disculpas.
Gabriela había viajado a la capital alavesa para visitar a Montaño, con quien había pasado el fin de semana previo en una casa rural. Él la invitó a su piso en la calle Libertad. Ella aceptó, pero con la condición de ir acompañada de su pequeña. Ya en el apartamento, Gabriela percibió comportamientos extraños en Montaño, ya treintañero, y decidió acostarse con la niña con intención de regresar a Burgos por la mañana. Él le envió un mensaje al móvil solicitándole sexo oral. Al no obtener respuesta, irrumpió en la habitación y comenzó a golpearla. Después lanzó a la bebé por la ventana y trató de hacer lo mismo con la madre, quien resistió hasta que las llamadas de los vecinos alertaron a la Ertzaintza.
Alicia murió 48 horas después en el hospital. Daniel Montaño fue condenado en el otoño de 2018, en un juicio con jurado en la Audiencia Provincial de Álava, a prisión permanente revisable —la primera dictada en el País Vasco y la tercera en España—. Cumplirá un mínimo de 25 años entre rejas. Actualmente se encuentra en la prisión de Sevilla 2, en Morón de la Frontera. Podrá acceder al tercer grado en algún momento de 2034 y a la libertad condicional el 19 de enero de 2041.
Esta semana, la familia del condenado abonó 100.000 euros de los 235.000 fijados como responsabilidad civil para Gabriela —de origen brasileño— y para Carlos, el padre de la niña. Es el segundo pago de esa cuantía, tras una transferencia idéntica en febrero del año pasado. Según Ideal, las acusaciones se niegan a que esos pagos repercutan en la obtención anticipada de beneficios penitenciarios.
Gabriela vive hoy en la provincia de Soria. «Me cuesta mucho dormir todavía», señala. «Intento mirar hacia adelante, pero estas fechas se me hacen un poco cuesta arriba». Tras el crimen, recibió numerosas críticas en redes sociales por haber llevado a su hija a Vitoria, lo que la convirtió, según sus propias palabras, en doble víctima. Abandonó Burgos y se refugió en Hontoria del Pinar, el pueblo cercano a Soria donde creció y donde conoció al padre de Alicia. Hace poco se mudó de nuevo a otro lugar donde nadie conoce su historia.
Sobre la falta de contacto con su agresor, Gabriela es tajante: «No me ha pedido perdón, en ningún momento. Pero a día de hoy te digo que me es irrelevante. Cuanto menos sepa de él, mejor». El arrepentimiento es, en principio, una de las condiciones que los tribunales valoran para mejorar la situación penitenciaria de un recluso.
La condena no resulta suficiente a sus ojos. «Se me hace poco, pero es lo que hay y tendré que vivir con ello», afirma. La prisión permanente revisable, aprobada un año antes del crimen, se ha aplicado desde entonces en cerca de medio centenar de casos. Entre los más conocidos figura el de Ana Julia Quezada, condenada por el asesinato del niño Gabriel Ruiz.
El juicio dejó una huella profunda en quienes participaron. Daniel Montaño declaró que había visto «al diablo» en Gabriela y «a su hijo» en la pequeña Alicia, y afirmó que «ambas querían acabar con el mundo» y que él «tenía que evitarlo matándolas». Su interrogatorio duró tres horas. Al término de las preguntas de acusación y defensa, el magistrado Jesús Poncela le formuló una sola cuestión: «¿Qué ha pasado con el fin del mundo?». El acusado dudó y apenas pudo articular una respuesta coherente. Ese momento fue considerado por los presentes como el punto de inflexión del proceso.
La defensa alegó esquizofrenia paranoide con brote psicótico. Sin embargo, de los diez psiquiatras que intervinieron como peritos, solo los dos designados por la defensa sostuvieron ese diagnóstico. El propio juez Poncela señaló un elemento que consideró determinante: «Media hora antes de la agresión, le mandó un whatsapp para que le practicara sexo oral. Se hace difícil pensar que una persona que supuestamente tiene ideas apocalípticas, con la lucha entre el bien y el mal, haga un alto en su delirio para pedir sexo oral».
El fiscal que solicitó la prisión permanente revisable explicó su decisión con precisión: «El hecho era tan grave que no me tembló la mano a la hora de pedirla». Por su parte, el abogado de la acusación popular destacó el esfuerzo por hacer comprensibles los informes periciales al jurado: «Explicamos lo más sencillo posible los informes para que no se le aplicara ninguna eximente». El magistrado Poncela añadió otro detalle que quedó grabado en su memoria: «Jamás olvidaré cuando, durante el juicio, mi cliente vio por primera vez y abrazó al ertzaina que cuidó de la niña».
En los seis meses anteriores al crimen, Montaño había acudido al médico en tres ocasiones.
Source: Ideal