Manchas de sangre y una navaja oculta condenan a Nerea Fernández a 22 años por asesinar a su novio en Zafra

El análisis criminalístico de la Guardia Civil desmontó la versión de legítima defensa de Nerea Fernández, condenada por asesinar a puñaladas a Iván Melo en Zafra en 2024.

Manchas de sangre y una navaja oculta condenan a Nerea Fernández a 22 años por asesinar a su novio en Zafra

El rastro de sangre que desmanteló la versión de Nerea Fernández

Tres especialistas de la Guardia Civil llegaron a primera hora de la mañana a una calle estrecha de casas bajas y blancas en Zafra, localidad de 17.000 habitantes en la provincia de Badajoz. En la acera yacía Iván Melo, de 42 años, muerto por heridas de arma blanca. Según informa Ideal, el análisis de las manchas de sangre que realizaron aquellos criminalistas terminaría siendo determinante para que el jurado popular condenara a su novia, Nerea Fernández, a 22 años de prisión por asesinato.

Los hechos ocurrieron el 9 de julio de 2024. Cuando los investigadores llegaron a la escena, la novia de la víctima era la única persona que había estado en la vivienda con él. Su versión: de madrugada, un desconocido había llamado a la puerta; Iván salió a abrir, regresó al pasillo gravemente herido y se desplomó en la calle cuando ambos salieron a pedir ayuda. El juicio se celebró en enero pasado y el jurado rechazó ese relato.

Lo que revelaron las manchas en el dormitorio

Al registrar la vivienda, los criminalistas encontraron de inmediato un reguero de gotas de sangre que conducía desde el dormitorio principal hasta la puerta de la calle, donde una huella en sangre marcaba el punto en que Iván se había apoyado antes de salir al exterior. Pero los hallazgos más relevantes estaban encima del cabecero de la cama: tres salpicaduras —dos a la derecha y una a la izquierda— que los especialistas identificaron como proyecciones procedentes de un objeto manchado de sangre, es decir, de la navaja al ser retirada del cuerpo tras la agresión.

El informe pericial describía con precisión esas marcas: «Conforman un arco de proyección (…) presentan las dimensiones de una salpicadura a baja velocidad (de 2,8 a 3 mm); conforman, al menos, dos unidades de acción; su ángulo de impacto en la superficie es de 19° (indicio 34) y 16° (indicio 35), y muestran las características morfológicas de un patrón de sangre lanzada o arrojada de un objeto manchado de sangre».

En el juicio, el criminalista que firmó la inspección ocular interpretó esas trazas como el inicio de la agresión: Nerea se habría colocado a horcajadas sobre Iván, que estaba tumbado en la cama —con el consumo de drogas como factor añadido—, le hizo dos cortes en la frente y lo apuñaló en el pecho. La víctima logró huir hacia el pasillo, donde recibió una cuarta herida en el brazo izquierdo antes de caer muerto en la acera.

La herida mortal que no sangraba y la fregona que brilló en la oscuridad

Los forenses confirmaron que la puñalada en el centro del pecho fue la causa de la muerte: el arma alcanzó la aorta, la sangre se acumuló alrededor del corazón e impidió su funcionamiento. La herida exterior no sangraba porque la navaja atravesó el esternón, cuyo núcleo esponjoso actuó como tapón. Las otras tres heridas —las dos en la frente y la del tríceps— sí sangraron con profusión y fueron las que contaron la historia.

Los especialistas advirtieron también que la ausencia inicial de manchas en el suelo del dormitorio resultaba anómala. Para comprobarlo, recorrieron la vivienda a oscuras aplicando Bluestar, el reactivo que revela restos de sangre invisibles a simple vista. El suelo del dormitorio brilló con luz azul en varias zonas. La fregona también. La conclusión fue que alguien había limpiado el cuarto después del crimen.

Otro indicio apuntaba en la misma dirección: en el pasillo aparecieron gotas denominadas esqueléticas, es decir, manchas de sangre con un hueco en el centro. Ese patrón se forma cuando las gotas están secándose y alguien las pisa, arrastrando parte de la proyección.

Las bolsas entregadas a la vecina

La hipótesis de la manipulación de la escena quedó reforzada por el testimonio de una vecina. Poco después de ver a Iván muerto en la acera, Nerea Fernández le entregó tres bolsas de plástico pidiéndole que las guardara. Cuando la Guardia Civil las registró, encontró ropa de la acusada, zapatos, juguetes de perro, su DNI y una navaja de 7,5 centímetros de hoja con restos de sangre.

Ante esas pruebas, Fernández confesó. Sin embargo, alegó que había actuado en defensa propia: según su versión, Iván intentó matarla tras una discusión relacionada con el consumo de drogas. Señaló además que era víctima de malos tratos. Iván Melo, en efecto, había sido condenado por agredirla meses antes y existía una orden de alejamiento, aunque la pareja había retomado la relación.

La versión de la familia y el veredicto

La familia del fallecido presentó una lectura opuesta. Sostuvieron que Fernández estaba celosa porque Iván quería retomar la relación con su ex pareja, y que el ataque fue premeditado. El jurado popular, que escuchó tanto la declaración de los criminalistas como otros testimonios —entre ellos el de los forenses, que resultaron menos perjudiciales para la acusada—, asumió íntegramente el análisis de las manchas de sangre realizado por los especialistas de la Guardia Civil.

Nerea Fernández, de 35 años, fue condenada por asesinato a 22 años de prisión. El dictamen del jurado descartó tanto la presencia de un tercero desconocido como la tesis de la legítima defensa.

Source: Ideal

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