Crimen organizado en América Latina: Bolivia, eslabón más débil de la red narco

El narcotráfico se expande en toda la región con redes heredadas, protectores institucionales y cadenas de anónimos. Bolivia enfrenta una purga judicial sin precedentes.

Crimen organizado en América Latina: Bolivia, eslabón más débil de la red narco

Bolivia en el epicentro de una red criminal que no tiene fronteras

Según El Deber, el crimen organizado en América Latina no es un fenómeno local: es una epidemia regional que ningún gobierno ha logrado erradicar. El narcotráfico opera hoy con más fuerza que nunca, con cárteles que diversifican negocios, acumulan poder de fuego y penetran instituciones corruptas o debilitadas por la falta de recursos para enfrentarlos.

El tráfico de drogas ha generado la mayor maquinaria delictiva de la historia. Decenas de grupos criminales compiten bajo una lógica de mercado —oferta y demanda— en la que todos buscan su parte del negocio.

Bolivia: la purga que revela un iceberg

En una sola semana cayó el fiscal general del Estado y aproximadamente veinte jueces y fiscales departamentales bolivianos. El Deber lo describe como "un sismo sin precedentes", y advierte que se trata apenas de la punta de un iceberg que era vox populi. La purga, señala el análisis, es la antesala de una mucho más profunda.

Cuando una organización criminal colapsa, la que ocupa su lugar no empieza desde cero: hereda rutas, contactos, mercados y funcionarios dispuestos a negociar. También hereda la nómina de protectores —fiscales, jueces, abogados y políticos—. Lo que la opinión pública conoce es apenas un par de boyas flotando en un mar de complicidades.

Una red de desconocidos que se sostiene por su propio anonimato

El análisis detalla el funcionamiento de estas estructuras: los hombres que operan los laboratorios de pasta base o cocaína cristalizada —ubicados en la Amazonia, en parques de reserva forestal o en zonas controladas por sindicatos de cocaleros del Chapare— no conocen al piloto de la avioneta que retira el producto. Ese piloto no conoce al intermediario que recibe la carga. El intermediario, a su vez, desconoce al comprador final: una "persona de negocios" que trafica su cuota sin conocer al usuario último.

Esa cadena de anónimos es, paradójicamente, la garantía de que la red no colapse. Cada eslabón ignora a los demás: es una economía que conecta selvas y pueblos de provincia con mercados globales en Latinoamérica, Europa, Estados Unidos y Asia.

Carlos Lehder, conocido como el primer colombiano extraditado a Estados Unidos por órdenes de Pablo Escobar —no por el propio gobierno colombiano de la época—, describe este mecanismo en su autobiografía Vida y Muerte del Cártel de Medellín (Editorial Debate). Lehder señala dos reglas del negocio: primero, todos los integrantes de la red intentarán robar la droga, el dinero o ambos, en todo momento. Segundo, intentarán apropiarse de las rutas ilegales y de los contactos. Desde el primer día, cualquier narco está en la mira de otros, grandes o pequeños, que buscarán tumbarle el negocio.

La espiral de violencia que no cierra

En esa espiral se desarrollan las balaceras recurrentes, las zonas rojas y el rastro de violencia que dejó en Bolivia el narco uruguayo Marset. Grupos armados nacidos al calor del tráfico de drogas buscan nuevos negocios y alimentan un mercado informal inmenso que transita por todo el territorio boliviano.

La pregunta sobre cuándo termina parece llegar ya distorsionada: se supone que debería existir un punto final cuando se captura al "pez gordo" o se ejecuta el operativo correcto. La realidad desmiente esa narrativa.

Ningún país ha acabado con el crimen organizado. Estados Unidos no eliminó a la mafia en más de cien años. Italia no liquidó a la Ndrangheta. México arrastra una lucha encarnizada desde los primeros narcos —chinos que vendían opio a soldados que regresaban de la Segunda Guerra Mundial y de Vietnam—. A lo mucho, los Estados han logrado acotar el radio de acción de estas organizaciones, frenar la captura total de sus instituciones, impedir que controlen territorios enteros y limitar la violencia con la que imponen sus reglas. Más allá de eso, nada.

La última ejecución policial masiva en Río de Janeiro ilustra con claridad la estructura: una red de narcos y operadores conformada por niños, jóvenes, esposas, hijos y padres donde todos dicen conocerse y al mismo tiempo desconocerse mutuamente.

La conclusión es tan sencilla como inquietante: ya no es posible distinguir con certeza quién forma parte del negocio y quién no.

--- Javier Medrano es periodista y cientista político.

Source: El Deber

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