Guayaquil, epicentro del narco: alianza entre pandillas, Sinaloa y paramilitares colombianos

Guayaquil se ha convertido en uno de los focos mundiales del tráfico de drogas, impulsado por una red criminal que conecta pandillas locales, el Cartel de Sinaloa y paramilitares colombianos.

Guayaquil, epicentro del narco: alianza entre pandillas, Sinaloa y paramilitares colombianos

Guayaquil: cómo una ciudad portuaria se convirtió en nodo global del narcotráfico

Germán —nombre ficticio usado por razones de seguridad— recuerda cuando su barrio en Guayaquil era un lugar donde los niños jugaban en la calle y los fines de semana traían partidos de fútbol y música. Ese tiempo terminó en menos de dos años. Hoy nadie sale después del atardecer, muchos niños estudian de forma virtual para evitar balas perdidas y todos, sin excepción, pagan extorsión.

Según elpais.com, en enero de este año la tasa de homicidios en Ecuador alcanzó una persona asesinada cada hora. Guayaquil es uno de los epicentros de esa violencia en un país que hace pocos años figuraba entre los más seguros de América Latina.

Tres decisiones que cambiaron el mapa del narcotráfico

La transformación de Ecuador como centro del crimen organizado no fue accidental. A finales de la década pasada, los narcotraficantes internacionales tomaron tres decisiones estratégicas para maximizar sus ganancias: priorizaron el tráfico en grandes volúmenes mediante contenedores, abrieron nuevos mercados —principalmente en Europa— y diversificaron las rutas fuera de Colombia, donde los puertos cuentan con mayor vigilancia.

Ecuador encajaba en ese esquema: un comercio marítimo activo hacia Europa y unas instituciones que no estaban preparadas para enfrentar el embate del narcotráfico. El resultado fue una presa fácil para los grandes cárteles.

Una red fragmentada pero más resistente

Un reciente estudio del International Crisis Group, basado en trabajo de campo en Ecuador, Colombia, Honduras, Guatemala y México, documenta cómo décadas de políticas enfocadas en capturar capos y fragmentar grupos criminales han producido el efecto contrario al buscado. El crimen organizado se descentralizó y se volvió más resiliente. Hoy se producen y consumen más drogas que en cualquier otro momento de la historia, y la proliferación de bandas ha generado una red criminal flexible que se expande globalmente.

Una sola ruta de tráfico, según la investigación, puede involucrar fácilmente a media docena de grupos en distintos países, conectados por alianzas fluidas. Los llamados "narcos invisibles" aportan el capital inicial, seleccionan a los operadores y organizan la logística. Luego se asocian con organizaciones de mayor escala —como el Cartel de Sinaloa o el Cartel Jalisco Nueva Generación— que tienen la sofisticación necesaria para gestionar rutas transnacionales.

Subcontratación criminal: de los cárteles a las pandillas locales

Esos grandes conglomerados, a su vez, subcontratan a organizaciones nacionales. En Ecuador, Los Choneros prestan ese servicio: consiguen la materia prima, refinan la droga y la preparan para la exportación. En Colombia, el Ejército Gaitanista cumple una función similar. Un escalón más abajo, pandillas aún más pequeñas se encargan de almacenar la mercancía, controlar rutas, fronteras y puertos, y administrar el mercado local.

En Guayaquil, gran parte de la violencia que sufre la población es el resultado directo de disputas entre estas bandas locales que compiten por acceder a los escasos clientes internacionales. La violencia, en este modelo, no es una disfunción del sistema: es su fundamento.

El costo para las comunidades

Las consecuencias sobre la población civil son profundas. Las bandas locales, empoderadas por su vínculo con grupos de mayor jerarquía, extorsionan y secuestran con regularidad. El reclutamiento de menores es sistemático. Los enfrentamientos entre grupos armados generan desplazamiento, confinamiento forzoso y fronteras invisibles que ningún vecino puede cruzar sin autorización tácita.

En zonas donde los jóvenes no tienen acceso a trabajo formal, las estructuras criminales ofrecen ingresos, poder y posibilidades de ascenso que las sociedades más excluyentes les niegan. Las mujeres enfrentan una situación particularmente grave: son presionadas a mantener relaciones con integrantes de las bandas armadas. Incluso en países con larga tradición de narcotráfico, como México y Colombia, habitantes de diversas regiones señalan que la violencia contra la población civil es hoy más intensa que nunca.

Los agentes del Estado tampoco están al margen. A lo largo de la región, cada vez más funcionarios enfrentan el dilema conocido como "plata o plomo": aceptar la cooptación por parte de los narcotraficantes o poner en riesgo su vida.

Mano dura versus evidencia

Frente a este escenario, muchas comunidades latinoamericanas exigen que sus gobiernos actúen con decisión para reducir la violencia. Sin embargo, la evidencia disponible indica que las políticas de mano dura y la militarización solo producen éxitos pasajeros y pueden generar, en el mediano y largo plazo, más violencia.

Donald Trump ha colocado el fortalecimiento de la guerra contra las drogas en el centro de su agenda, apostando por estrategias tradicionales como las capturas de alto valor. Esa postura ha dado respaldo político a gobiernos de la región que optan por enfoques similares, aunque los datos sobre su efectividad sostenida siguen siendo controvertidos.

Guayaquil, mientras tanto, sigue siendo el caso más emblemático de una tendencia que no distingue fronteras: la expansión del crimen organizado hacia países que hasta hace muy poco eran considerados islas de paz en una región convulsa.

Source: Google News EC — Guayaquil

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